lunes, 27 de enero de 2014

No estaba

            Desde la vereda, sólo y confuso vi cómo se alejaba el remis. Mientras contenía el impulso automático de agitar la mano para saludarla, empecé a proyectarme la película hacia atrás. Rápido. Más bien como un resumen. No me detuve en los detalles de las imágenes; las puse en blanco y negro y les bajé el volumen para que no me influyeran. Tenía que permitirme la trabajar la certeza de primera prensada. Necesitaba escudarrme en el instinto salvaje de supervivencia, ante la evidencia desnuda de que ella no estaba. La pregunta básica, en ese momento se clavó en mi centro reclamando su lugar ¿Y ahora?

            Subí por escalera los siete pisos que me separaban de ella a lo alto, al mismo tiempo que ella lo hacía a lo largo. Era muy pronto para decidir, incluso para plantearme si había que tomar alguna decisión. Ni siquiera sabía si estaba triste o enojado. Reconocí los síntomas de un comienzo distinto y caótico; la antesala del duelo que me esperaba ni bien cruzara mi puerta –“hasta hace un rato, nuestra puerta”, pensé.

Ella no estaba; esa era la verdad primera y precaria que acompañaba mi ascenso a los infiernos. Ella, una valija, un bolso y varios almanaques apuraban la marcha calle abajo en un auto con destino desconocido para mí. Todos los momentos se apiñaban en mi mente tratando de explicarme su versión de cómo, cuándo y por qué es que se había desmoronado este sueño. Chicanas involuntarias del inconsciente que atentan contra la estabilidad emocional cuando menos nos hace falta.

            La casa estaba un poco más vacía que cuando estaba vacía de los dos. Ahora los espacios lucían ásperos y a los espejos le faltaban formas que reflejar. “¿Nosotros nos vamos a querer toda la vida?” fue la pregunta fundacional, allá en un Mar del Plata de poco gasto y deseos de envejecer junto al mar. “Seguramente sí, y si no siempre nos quedará Mar del Plata, dijo Humphrey Bogart”. Me senté a pensar si valía la pena ponerse a pensar y pronto comprendí que no había manera de resolver esto usando la cabeza. ¿Para qué? Si no era una ecuación y ella no estaba.

            Me imaginé cómo se me vería de afuera, sentado en el sillón, frente a un cenicero atestado de recuerdos. Unos veinte por cada colilla, pensando además si ella ahora estaría sentada en otro sillón de otra casa recordándome en soledad, evocando aromas, sonidos, futuros y duraznos… O quizás enfrentando con una amiga la sensación de fracaso que nos deja una ruptura. No lo sé, puedo imaginarlo, pero no lo sé porque nunca pude aprender a ver por entre las rendijas de lo evidente. Y ella lo hacía con una maestría envidiable.

            ¡Qué lejos quedaba ahora Mar del Plata y la foto que un brasilero nos sacó junto a los lobos! Esa sobre la cual los dos pensamos que ni se nos verían las caras. El tipo se había alejado como media cuadra para que entrara todo el lobo marino y nosotros creyendo que nos iba a afanar la cámara. Tuvimos que esperar una semana desde que volvimos hasta que revelaran el rollo y ahí sí, nos vimos tan jóvenes, tan con ganas y tan otros que nos asombró. El brasilero había logrado captarnos el alma. “Acordémonos de esta foto y mirémosla cuando estemos mal” me había propuesto ella.

            Hoy no había manera de explicar qué era lo que había pasado. Ella no estaba y algo que nos unió y nos mantuvo pegados tampoco estaba. El agua que pasó debajo de los puentes se había llevado un embarazo, unos intentos artísticos, trabajos de mala muerte, alquileres, muchos barrios, unos millones de besos y de noches compartidas. No hubo pelea, no hubo engaño, no hubo discusión. Ocurrió simplemente que algo ya no estaba.

            Recorrí la casa, adivinando los huecos que ella habría dejado, mirando hacia adelante para poder ver con qué los rellenaba, con qué podía disimularlos para que no fueran una daga tan evidente. Había que seguir, había que reconstruir con lo que fuera que me quedara de materiales, sosteniendo y apuntalando las vigas de una vida, que no se afirmaba mucho en un presente poblado de incertidumbre. Sabía que era muy temprano para maniobrar en cualquier dirección, pero no podía dejar de buscar un resquicio de esperanza por algún costado. Algo que me ayudara o me alivianara la tarea. Empezaba a anochecer la primera noche en la que ella no estaba y yo tenía que armarme para luchar contra mí, contra los fantasmas que parecen multiplicarse en proyección geométrica, a medida que el sol se va alejando. Esos bichos hechos de mejores momentos, que acechan en los rincones y no te dejan dormir. Cucos que encuentran su nido, sobre todo en los vacíos que deja la ausencia. Para ese combate desigual, no está mal escudarse detrás de la esperanza. Modesta, endeble y permeable esperanza en un futuro juntos, en que esto fuese pasajero y quizás un día, a lo mejor, en unos meses, qué sé yo, tal vez un año… O dos…
           
            Atacaron fieros los demonios. Subieron desde el infierno buscando mi corazón. Yo los esperé insomne y creo que hasta fui un poco culpable de su crecimiento. Cuando busqué el escudo de la esperanza, me di cuenta de que era tan blanda como una sombra. Me acordé de ella y de su voz, de ella y de su risa, de ella y de sus gestos, de ella preguntando “¿Nosotros nos vamos a querer toda la vida?” y me contesté que sí, que nos íbamos a amar toda la vida, que todo no podía haber cambiado tanto.

            Cuando abrí el cajón de la mesita de luz comprendí que ella nunca más iba a volver. Nuestra foto de Mar del Plata ya no estaba.


11 Sep 2013



1 comentario:

  1. "Emito mis alaridos por los tejados de este mundo", dice el poeta.
    Me encantó leerte... Gracias!

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