Desde la vereda, sólo y
confuso vi cómo se alejaba el remis. Mientras contenía el impulso automático de
agitar la mano para saludarla, empecé a proyectarme la película hacia atrás.
Rápido. Más bien como un resumen. No me detuve en los detalles de las imágenes;
las puse en blanco y negro y les bajé el volumen para que no me influyeran.
Tenía que permitirme la trabajar la certeza de primera prensada. Necesitaba escudarrme
en el instinto salvaje de supervivencia, ante la evidencia desnuda de que ella
no estaba. La pregunta básica, en ese momento se clavó en mi centro reclamando su
lugar ¿Y ahora?
Subí por escalera los
siete pisos que me separaban de ella a lo alto, al mismo tiempo que ella lo
hacía a lo largo. Era muy pronto para decidir, incluso para plantearme si había
que tomar alguna decisión. Ni siquiera sabía si estaba triste o enojado. Reconocí
los síntomas de un comienzo distinto y caótico; la antesala del duelo que me
esperaba ni bien cruzara mi puerta –“hasta hace un rato, nuestra puerta”, pensé.
Ella no estaba; esa era la verdad primera y
precaria que acompañaba mi ascenso a los infiernos. Ella, una valija, un bolso
y varios almanaques apuraban la marcha calle abajo en un auto con destino
desconocido para mí. Todos los momentos se apiñaban en mi mente tratando de
explicarme su versión de cómo, cuándo y por qué es que se había desmoronado
este sueño. Chicanas involuntarias del inconsciente que atentan contra la
estabilidad emocional cuando menos nos hace falta.
La casa estaba un poco más
vacía que cuando estaba vacía de los dos. Ahora los espacios lucían ásperos y a
los espejos le faltaban formas que reflejar. “¿Nosotros nos vamos a querer toda
la vida?” fue la pregunta fundacional, allá en un Mar del Plata de poco gasto y
deseos de envejecer junto al mar. “Seguramente sí, y si no siempre nos quedará
Mar del Plata, dijo Humphrey Bogart”. Me senté a pensar si valía la pena
ponerse a pensar y pronto comprendí que no había manera de resolver esto usando
la cabeza. ¿Para qué? Si no era una ecuación y ella no estaba.
Me imaginé cómo se me
vería de afuera, sentado en el sillón, frente a un cenicero atestado de
recuerdos. Unos veinte por cada colilla, pensando además si ella ahora estaría
sentada en otro sillón de otra casa recordándome en soledad, evocando aromas,
sonidos, futuros y duraznos… O quizás enfrentando con una amiga la sensación de
fracaso que nos deja una ruptura. No lo sé, puedo imaginarlo, pero no lo sé
porque nunca pude aprender a ver por entre las rendijas de lo evidente. Y ella
lo hacía con una maestría envidiable.
¡Qué lejos quedaba ahora
Mar del Plata y la foto que un brasilero nos sacó junto a los lobos! Esa sobre
la cual los dos pensamos que ni se nos verían las caras. El tipo se había
alejado como media cuadra para que entrara todo el lobo marino y nosotros
creyendo que nos iba a afanar la cámara. Tuvimos que esperar una semana desde
que volvimos hasta que revelaran el rollo y ahí sí, nos vimos tan jóvenes, tan
con ganas y tan otros que nos asombró. El brasilero había logrado captarnos el
alma. “Acordémonos de esta foto y mirémosla cuando estemos mal” me había
propuesto ella.
Hoy no había manera de
explicar qué era lo que había pasado. Ella no estaba y algo que nos unió y nos
mantuvo pegados tampoco estaba. El agua que pasó debajo de los puentes se había
llevado un embarazo, unos intentos artísticos, trabajos de mala muerte,
alquileres, muchos barrios, unos millones de besos y de noches compartidas. No
hubo pelea, no hubo engaño, no hubo discusión. Ocurrió simplemente que algo ya
no estaba.
Recorrí la casa,
adivinando los huecos que ella habría dejado, mirando hacia adelante para poder
ver con qué los rellenaba, con qué podía disimularlos para que no fueran una
daga tan evidente. Había que seguir, había que reconstruir con lo que fuera que
me quedara de materiales, sosteniendo y apuntalando las vigas de una vida, que
no se afirmaba mucho en un presente poblado de incertidumbre. Sabía que era muy
temprano para maniobrar en cualquier dirección, pero no podía dejar de buscar
un resquicio de esperanza por algún costado. Algo que me ayudara o me
alivianara la tarea. Empezaba a anochecer la primera noche en la que ella no
estaba y yo tenía que armarme para luchar contra mí, contra los fantasmas que
parecen multiplicarse en proyección geométrica, a medida que el sol se va
alejando. Esos bichos hechos de mejores momentos, que acechan en los rincones y
no te dejan dormir. Cucos que encuentran su nido, sobre todo en los vacíos que
deja la ausencia. Para ese combate desigual, no está mal escudarse detrás de la
esperanza. Modesta, endeble y permeable esperanza en un futuro juntos, en que
esto fuese pasajero y quizás un día, a lo mejor, en unos meses, qué sé yo, tal
vez un año… O dos…
Atacaron fieros los
demonios. Subieron desde el infierno buscando mi corazón. Yo los esperé insomne
y creo que hasta fui un poco culpable de su crecimiento. Cuando busqué el
escudo de la esperanza, me di cuenta de que era tan blanda como una sombra. Me
acordé de ella y de su voz, de ella y de su risa, de ella y de sus gestos, de
ella preguntando “¿Nosotros nos vamos a querer toda la vida?” y me contesté que
sí, que nos íbamos a amar toda la vida, que todo no podía haber cambiado tanto.
Cuando abrí el cajón de la
mesita de luz comprendí que ella nunca más iba a volver. Nuestra foto de Mar
del Plata ya no estaba.
11 Sep 2013
"Emito mis alaridos por los tejados de este mundo", dice el poeta.
ResponderEliminarMe encantó leerte... Gracias!