martes, 25 de marzo de 2014

Varias sorpresas


     - El Tano invitó a la casa a morfar - me dijo por teléfono Claudio.
     - ¿Resucitó el Tano, – le pregunté – o se fugó de Alcatraz?
     - No, - dijo – viste cómo es el Tano cuando se encajeta con una mina.
    - Sí que lo sé, claro que lo sé. Si la última vez que me llamó por teléfono, hablamos poco rato porque se quedó sin cospeles.
     - El Tano será un colgado, pero vos sos bastante exagerado, eh. Iríamos vos, yo, el Zurdo y Gustavito
     - Ah, bien, entonces vamos todos. Che, ¿vos la conocés a la mina?
    - No, pero parece que es una medio ponja, jovencita… Bah, jovencita para el Tano que ya está bastante jovaina.
     - Bue, habló el pendejo. El “estúpido imberbe”
     - No me jodás con eso, ya te lo dije. Con cinco años más hubiese estado en la plaza. Ah, y guarda que el viejo nunca dijo “estúpidos”

Mientras colgaba me quedé pensando cómo se puede ser “medio ponja” pero no fue una cavilación que me quitara el sueño. Más bien sopesaba la calidad de las dos sorpresas que había recibido con el llamado: la reaparición de Luis Benito Stronziatti y la invitación a su nuevo domicilio alquilado en Caballito.  Después de casi tres años, finalmente íbamos a volver a estar los cinco juntos. Habría que cuidarse un poco de los habituales comentarios machistas y bajar el nivel de grosería hasta lo políticamente aceptable. Supuse que era un trámite que no nos iba a costar mucho; finalmente, somos unos educados señores mayores que comparten una cena después de tanto tiempo de no verse.

Todo este mecanismo se pondría en funcionamiento en caso que la “media ponja” permaneciera en la casa. Cabía la posibilidad de que saliera con amigas o fuera a visitar a algún pariente, o medio pariente medio ponja o ponja del todo, y entonces nos dejara solos. No era por nada, pero mientras más testosterona, más tranquilidad. Charlas telefónicas cruzadas con Gustavo y el Zurdo me confirmaron que más o menos todos pensábamos lo mismo.

            En fecha y hora convenidas, con dos tintos llegué a la esquina de Pedro Goyena y Puán. Esperé dentro del auto a que aparecieran los demás, ya que la idea era entrar todos juntos. Subimos al octavo y Claudio tocó el timbre. Cualquier cosa nos provocaba risa; los botones del ascensor, los artefactos del palier, las alfombras y la pintura de las puertas del ascensor. Estábamos nerviosos y un poco emocionados. Como pibes en noche de reyes.

            La sonrisa siempre generosa del Tano, su saludo estruendoso y sus brazos abiertos despejaron todas las dudas. Nosotros, los de entonces, sí éramos los mismos. Empezamos a subir los decibeles tanto en el sonido como en abrazos, intenciones y guarangadas. Tano maricón, estás hecho un chancho, cállate, jetón, Tano, ¿a quién garcaste para tener este bulo? A tu vieja, gil. Che, Tano, ¿es cierto que te estás morfando un caramelito veinte años menor que vos? Si, le estoy entrando a tu nieta, nabo, Tano, ¿no que las chinas la tienen atravesada?… Luis, los zapatos, por favor, no te olvides… Sonó una voz dulce, clara y firme desde las profundidades del departamento. El silencio lo invadió todo por un par de segundos, tiempo que el Tano –ya descalzo- aprovechó para cerrar los ojos, arquear las cejas y señalar hacia nuestros zapatos. Mientras él nos decía “Denle, che… los timbos” yo juro que la escuché desde adentro murmurar “esa costumbre me la vas a tener que respetar”.

            Entonces sumamos dos sorpresas mas; entramos descalzos y el Tano nos condujo hacia un espacio en el que había unos almohadones dispuestos en semicírculo. Ella apareció entonces con un kimono que acentuaba sus rasgos definitivamente orientales. Mismos que había contagiado a la ornamentación del departamento y a la comida que se sospechaba por los olores oriundos de la cocina. Por lo menos, le habían puesto de nombre María Luz, y el apellido nadie se atrevió a preguntarlo. ¿Para qué?

            La noche avanzaba con unos nosotros haciéndonos los educados bienpensantes, una María Luz que se adueñaba de la orientación de la charla y un Tano que era otro distinto a nuestro Tano. Pero tan diferente estaba, que más de una vez lo enganché a las señas con la mujer, como pidiéndole algún permiso y al serle negado, terminaba -por ejemplo- bebiendo agua mineral o yéndose a fumar al balcón. También los escuchó el Zurdito en un momento (nos lo contaría tiempo después) que en la cocina ella le susurraba “respetame mi espacio, Luis. Respetame mi estilo de vida. Bastante con que accedí a que vinieran y encima les cociné” 

            Más de una vez a lo largo de la velada, me pregunté hasta qué punto se cumpliría el viejo axioma que dice “Tira más un pollo al Wok que una yunta de bueyes”. No sabía cuánto (en cantidad y en calidad), estaba dispuesto a ceder un tipo como el Tano para convivir con esa mujer, que al final no estaba taaaan buena. Un mono que siempre fue el más decidido de todos nosotros. El que siempre iba al frente, el que a veces se echaba la culpa de las macanas que nos mandábamos los otros, un tipo con mucho aguante, que dudaba poco y se bancaba la que viniera. “¿Con la gorda hay que bailar? Dejen. Voy yo” decía cada vez que se veía venir una difícil Yo lo admiraba por eso. Ese rocanrroll no era para cualquiera y el Tano lo ejercía con una soltura envidiable.

            De a poco, el influjo de la “media ponja” fue creciendo, y mitad por solidaridad con el amigo y mitad porque ella nos lo empezó a sugerir, todos fuimos saliendo a fumar al balcón. Y bajando las voces. Y cambiando tema fútbol por turismo. Y ni hablar de alguna mujer, eh. Castos amigos celebrando la monogamia y hasta el celibato. De las siete botellas de vino que trajimos, cinco estaban con sus corchos puestos y la cena había terminado poco más de una hora atrás.

            La sensación de caída, de cambio hacia abajo y de que esto se iría transformando en un estado permanente nos fue ganando a todos. Sin ganas, como para hacer algo distinto, Gustavito dijo “Bueh, me parece que este cuerpo se retira”, a lo que María Luz respondió con amplia sonrisa y veloz disposición para traerle el saco. En ese momento, todos entendimos el mensaje y lentamente empezamos a asentir como viejos corderos y a pensar en la retirada. El Tano se puso de pie, solemne y grandote como es. Nos miró a los ojos uno por uno sin decir palabra. Fue hasta la cocina y volvió con dos botellas de vino y un sacacorchos. Destapó una, olió el pico y empinó la botella para darse un trago generoso de la mágica poción. “Zurdo, abrite la otra”,  dijo mientras le tiraba el sacacorchos. La media ponja lo miraba sin entender. Comenzaba a ponerse colorada y sus ojos elípticos adquirían la forma inequívoca de la moneda. El Tano se sentó en el sillón con la botella en la mano. “¿Con la gorda hay que bailar?” dijo y volvió a beber del pico. Miró a su mujer a los ojos y le dijo “¿Sabés que tenés razón? Hay varias costumbres que debemos respetar”.  Entrecerró los ojos, se ladeó hacia la izquierda y dejó escapar un largo y estruendoso pedo que hizo temblar un par de flores de Loto de la repisa.     

            Nosotros lo aplaudimos descalzos.



14 Noviembre 2013

domingo, 2 de febrero de 2014

Medidas

            Cuando la pantalla del teléfono me mostró que del otro lado estaba el Nacho, algo dentro de mí supo que no sería para saludarme ni saber de mí después de tanto tiempo. Se venía alguna mala noticia que habría que apechugar o alguna cosa que resolver. Al mismo tiempo y por otros carriles, la memoria emotiva empezó a trabajar y me llevó hacia atrás. Tantos años, que hasta me costaba contarlos.

Eran ocho pasos baldosa los que separaban las habitaciones de la puerta del fondo. Cruzando esa puerta, girabas la cabeza a la izquierda un cachito y en esa dirección, otros veintitrés pasos césped hasta el galpón del fondo. Los tres primos conocíamos con precisión las coordenadas y las distancias, para poder escabullirnos de la mirada de los abuelos en las noches de verano. Nacho, el Liendre y yo habíamos decidido medirlo todo porque, unos más, otros menos, a los tres nos aterraba la idea de quedarnos ciegos. Ese era uno de los temas que ocupó nuestras primeras noches de escapadas. No había nada mejor que escondernos bajo la mesa grandota del galpón a hablar de esas maravillas que sólo los pibes suelen conversar. Y discutirlas hasta el absurdo mismo de una metafísica disparatada. 

La carrera hasta el galpón se hacía a oscuras y con ojos cerrados. El chiste era llegar lo más rápido posible y manotear el picaporte. Si lo lograbas, ganabas porque eras el primero en llegar. Caso contrario, la puerta ya estaba abierta. Ahí girabas a la derecha y tres pasos más adelante se encontraba la mesa con las dos morsas. Todas las noches cuando el reloj marcaba las doce, saltábamos de las camas y se nos desplegaba una imaginaria bandera a cuadros. Los tres corríamos como posesos en busca de redención y siempre –me refiero a siempre- alguno de los tres se llevaba por delante el azarero que la abuela había plantado –con evidente mal timo- muy cerca de la puerta del galpón, para que el alero de la entrada lo protegiera de las heladas. Siempre entrábamos riendo porque uno de los tres puteaba al pobre arbusto que se empeñaba en cruzarse en el camino y en no morirse, pese a los reiterados golpes que recibía.

Nunca les pregunté si hacían trampa. Yo iba con ojos cerrados contando los pasos y aguzando los sentidos a la caza de alguna ayuda externa. Creo que ellos también jugaban limpio. Sobre todo el Liendre que era el más chiquito y no conocía la maldad. “ni llegás a piojo, vos… Sos una liendre…” le había dicho su hermano Nacho y así bautizado quedó para el resto de su vida. Por la ventana del galpón, altísima desde donde nosotros nos sentábamos, se veía una luna borrosa pasar por detrás del molino. En las noches estivales de City Bell, las lunas eran otra cosa. Más gordas, contundentes y perennes; al igual que la mugre de los vidrios de las ventanas de un galpón. Subiendo al Liendre a mis hombros, sus rulos apenas llegaban a rozar el límite inferior de la ventana y esa era otra de las medidas que conocíamos.

Mi familia y la de ellos vivían en puntos bastante opuestos de la provincia, así que en el resto del año casi no nos veíamos, Salvo para los cumpleaños o algún acontecimiento, nuestro momento iba de diciembre hasta fines de febrero. Ahí compartíamos la vida y cargábamos las pilas para enfrentar el año escolar. Éramos felices. Muy felices, pero todavía no lo sabíamos. Recién pudimos comprenderlo después del quinto verano, que terminó siendo el último porque en el invierno, esa enfermedad de mierda se lo cargó al Liendre y las cosas cambiaron para siempre en nuestros veranos. Creo que nuestros padres nos anotaron en clubes al Nacho y a mí, para que no nos hiciera mal volver a un lugar en el que habíamos sido felices,  pero ahora sin la tercera pata de un triángulo chingado.

Las lunas siguieron eclipsando con el molino Los abuelos se fueron marchitando, Nacho y yo no volvimos a hablar de Titanes, de Miliki, del Liendre ni de El Santo. Tampoco volvimos a ir a la casa de City Bell en el verano. Veíamos a los abuelos una o dos veces por año y en las fiestas, hasta que el patriarca dijo basta y a la abuela la pusieron en el geriátrico. En ese tiempo a ella sí la vi más seguido. Un poco porque estaba en capital –yo ya trabajaba en la ciudad- y otro porque me enteré de todo lo que habían sufrido los abuelos cuando mi primo y yo dejamos de pasar los veranos en su casa. Ella me contó que por esos días, el Nachito la visitaba bastante seguido también.

La casa quedó abandonada. Primero le arrancaron el cerebro y los brazos cuando esa ambulancia se llevó el cuerpo cubierto del abuelo. Casi enseguida la dejaron sin alma y sin dulzura cuando trajeron a la abuela al geriátrico. Varios años antes, también le habían quitado la inocencia cuando lo del Liendre. Nosotros dos -el Nacho y yo- habremos sido también algún órgano vital de esa casa. Pero no se me ocurre cuál. Del resto, muebles, vidrios, morsas y otras cosas se ocuparon primero los ladrones y después el incendio.

- Se quemó – sonaba quebrada la voz de Nacho en el teléfono – Dicen que se quemó todo, que no quedó nada en pie
- ¿Qué pasó Nacho, de qué hablás? –pregunté sospechando la respuesta.
- Me avisaron que se prendió fuego la casa de City Bell. Hay que ir allá para hablar con la cana y esas cosas, viste, así que vamos a tener que ir nosotros.  

            Nos encontramos en un bar de Constitución y de ahí salimos en su auto. Pasaba del mediodía y llegamos veinte o veinticinco minutos después, usando una autopista que antes no existía. Hablamos poco durante el trayecto. Los dos teníamos una vida tan alejada de esa casa como de la infancia compartida. Además, sabíamos que a ese viaje le faltaba un pibe de rulos riéndose a lo loco en el asiento de atrás.

Cuando llegamos, pudimos comprobar a primera vista que no todo estaba en ruinas. La casa conservaba su potestad, erguida sobre sus cimientos tozudos, tiznadas las paredes de un negro profundo que no llegó a destruirlas. Como en un acto reflejo, los dos nos situamos en la puerta de la habitación y encaramos para el fondo con los ojos cerrados

- ¿Cuántos eran? ¿Cinco? – pregunté
- Ocho – corrigió Nacho – Aunque ahora sí son cinco.
- ¿Y afuera eran veintitrés?
- Si – dijo – pero si das veintitrés pasos te metés en esa selva y no salís más
           
La selva en cuestión era aquello en lo que se había transformado el azarero. La planta había crecido tanto que tapaba toda la entrada al galpón y la ventana de los vidrios de mugre y luna. Se había ladeado hacia el costado y estaba seca la parte que el excedía el alero. Sonreí pensando que al final, la abuela tenía razón. Miramos alrededor. Todo se nos había achicado con los años mientras que la planta abarrotada de puntos de azares nuevos se había agigantado y clamaba por vida en medio de tanta desidia.

            De lo material, ciertamente no quedaba nada. No había algo para rescatar, para vender, para conservar. El fuego se había llevado lo poco que pudo salvarse del abandono, pero no se había atrevido a andar los veintitrés pasos hasta el galponcito. Mi primo y yo nos miramos como antes, como cuando pibes y comprendimos para qué estábamos ahí. Entonces, sin más, pusimos en marcha un pacto tácito; pedimos unas palas y unas tijeras, nos arremangamos, nos sacamos los zapatos y empezamos la poda del azarero. Sacamos un gajo mediano para cada uno de nosotros dos. El tercero lo volvimos a plantar al lado de la puerta para que el alero lo proteja de la helada -como decía la abuela- y en un modestísimo homenaje de amor al Liendre.




19 Sep 2013

lunes, 27 de enero de 2014

No estaba

            Desde la vereda, sólo y confuso vi cómo se alejaba el remis. Mientras contenía el impulso automático de agitar la mano para saludarla, empecé a proyectarme la película hacia atrás. Rápido. Más bien como un resumen. No me detuve en los detalles de las imágenes; las puse en blanco y negro y les bajé el volumen para que no me influyeran. Tenía que permitirme la trabajar la certeza de primera prensada. Necesitaba escudarrme en el instinto salvaje de supervivencia, ante la evidencia desnuda de que ella no estaba. La pregunta básica, en ese momento se clavó en mi centro reclamando su lugar ¿Y ahora?

            Subí por escalera los siete pisos que me separaban de ella a lo alto, al mismo tiempo que ella lo hacía a lo largo. Era muy pronto para decidir, incluso para plantearme si había que tomar alguna decisión. Ni siquiera sabía si estaba triste o enojado. Reconocí los síntomas de un comienzo distinto y caótico; la antesala del duelo que me esperaba ni bien cruzara mi puerta –“hasta hace un rato, nuestra puerta”, pensé.

Ella no estaba; esa era la verdad primera y precaria que acompañaba mi ascenso a los infiernos. Ella, una valija, un bolso y varios almanaques apuraban la marcha calle abajo en un auto con destino desconocido para mí. Todos los momentos se apiñaban en mi mente tratando de explicarme su versión de cómo, cuándo y por qué es que se había desmoronado este sueño. Chicanas involuntarias del inconsciente que atentan contra la estabilidad emocional cuando menos nos hace falta.

            La casa estaba un poco más vacía que cuando estaba vacía de los dos. Ahora los espacios lucían ásperos y a los espejos le faltaban formas que reflejar. “¿Nosotros nos vamos a querer toda la vida?” fue la pregunta fundacional, allá en un Mar del Plata de poco gasto y deseos de envejecer junto al mar. “Seguramente sí, y si no siempre nos quedará Mar del Plata, dijo Humphrey Bogart”. Me senté a pensar si valía la pena ponerse a pensar y pronto comprendí que no había manera de resolver esto usando la cabeza. ¿Para qué? Si no era una ecuación y ella no estaba.

            Me imaginé cómo se me vería de afuera, sentado en el sillón, frente a un cenicero atestado de recuerdos. Unos veinte por cada colilla, pensando además si ella ahora estaría sentada en otro sillón de otra casa recordándome en soledad, evocando aromas, sonidos, futuros y duraznos… O quizás enfrentando con una amiga la sensación de fracaso que nos deja una ruptura. No lo sé, puedo imaginarlo, pero no lo sé porque nunca pude aprender a ver por entre las rendijas de lo evidente. Y ella lo hacía con una maestría envidiable.

            ¡Qué lejos quedaba ahora Mar del Plata y la foto que un brasilero nos sacó junto a los lobos! Esa sobre la cual los dos pensamos que ni se nos verían las caras. El tipo se había alejado como media cuadra para que entrara todo el lobo marino y nosotros creyendo que nos iba a afanar la cámara. Tuvimos que esperar una semana desde que volvimos hasta que revelaran el rollo y ahí sí, nos vimos tan jóvenes, tan con ganas y tan otros que nos asombró. El brasilero había logrado captarnos el alma. “Acordémonos de esta foto y mirémosla cuando estemos mal” me había propuesto ella.

            Hoy no había manera de explicar qué era lo que había pasado. Ella no estaba y algo que nos unió y nos mantuvo pegados tampoco estaba. El agua que pasó debajo de los puentes se había llevado un embarazo, unos intentos artísticos, trabajos de mala muerte, alquileres, muchos barrios, unos millones de besos y de noches compartidas. No hubo pelea, no hubo engaño, no hubo discusión. Ocurrió simplemente que algo ya no estaba.

            Recorrí la casa, adivinando los huecos que ella habría dejado, mirando hacia adelante para poder ver con qué los rellenaba, con qué podía disimularlos para que no fueran una daga tan evidente. Había que seguir, había que reconstruir con lo que fuera que me quedara de materiales, sosteniendo y apuntalando las vigas de una vida, que no se afirmaba mucho en un presente poblado de incertidumbre. Sabía que era muy temprano para maniobrar en cualquier dirección, pero no podía dejar de buscar un resquicio de esperanza por algún costado. Algo que me ayudara o me alivianara la tarea. Empezaba a anochecer la primera noche en la que ella no estaba y yo tenía que armarme para luchar contra mí, contra los fantasmas que parecen multiplicarse en proyección geométrica, a medida que el sol se va alejando. Esos bichos hechos de mejores momentos, que acechan en los rincones y no te dejan dormir. Cucos que encuentran su nido, sobre todo en los vacíos que deja la ausencia. Para ese combate desigual, no está mal escudarse detrás de la esperanza. Modesta, endeble y permeable esperanza en un futuro juntos, en que esto fuese pasajero y quizás un día, a lo mejor, en unos meses, qué sé yo, tal vez un año… O dos…
           
            Atacaron fieros los demonios. Subieron desde el infierno buscando mi corazón. Yo los esperé insomne y creo que hasta fui un poco culpable de su crecimiento. Cuando busqué el escudo de la esperanza, me di cuenta de que era tan blanda como una sombra. Me acordé de ella y de su voz, de ella y de su risa, de ella y de sus gestos, de ella preguntando “¿Nosotros nos vamos a querer toda la vida?” y me contesté que sí, que nos íbamos a amar toda la vida, que todo no podía haber cambiado tanto.

            Cuando abrí el cajón de la mesita de luz comprendí que ella nunca más iba a volver. Nuestra foto de Mar del Plata ya no estaba.


11 Sep 2013