- El Tano invitó a la casa
a morfar - me dijo por teléfono Claudio.
- ¿Resucitó el Tano, – le
pregunté – o se fugó de Alcatraz?
- No, - dijo – viste cómo
es el Tano cuando se encajeta con una mina.
- Sí que lo sé, claro que lo sé. Si la
última vez que me llamó por teléfono, hablamos poco rato porque se quedó sin
cospeles.
- El Tano será un colgado,
pero vos sos bastante exagerado, eh. Iríamos vos, yo, el Zurdo y Gustavito
- Ah, bien, entonces vamos
todos. Che, ¿vos la conocés a la mina?
- No, pero parece que es
una medio ponja, jovencita… Bah, jovencita para el Tano que ya está bastante
jovaina.
- Bue, habló el pendejo.
El “estúpido imberbe”
- No me jodás con eso, ya
te lo dije. Con cinco años más hubiese estado en la plaza. Ah, y guarda que el
viejo nunca dijo “estúpidos”
Mientras colgaba me quedé pensando cómo se puede
ser “medio ponja” pero no fue una cavilación que me quitara el sueño. Más bien
sopesaba la calidad de las dos sorpresas que había recibido con el llamado: la
reaparición de Luis Benito Stronziatti y la invitación a su nuevo domicilio
alquilado en Caballito. Después de casi
tres años, finalmente íbamos a volver a estar los cinco juntos. Habría que
cuidarse un poco de los habituales comentarios machistas y bajar el nivel de
grosería hasta lo políticamente aceptable. Supuse que era un trámite que no nos
iba a costar mucho; finalmente, somos unos educados señores mayores que
comparten una cena después de tanto tiempo de no verse.
Todo este mecanismo se pondría en funcionamiento
en caso que la “media ponja” permaneciera en la casa. Cabía la posibilidad de
que saliera con amigas o fuera a visitar a algún pariente, o medio pariente
medio ponja o ponja del todo, y entonces nos dejara solos. No era por nada,
pero mientras más testosterona, más tranquilidad. Charlas telefónicas cruzadas
con Gustavo y el Zurdo me confirmaron que más o menos todos pensábamos lo
mismo.
En fecha y hora
convenidas, con dos tintos llegué a la esquina de Pedro Goyena y Puán. Esperé
dentro del auto a que aparecieran los demás, ya que la idea era entrar todos
juntos. Subimos al octavo y Claudio tocó el timbre. Cualquier cosa nos
provocaba risa; los botones del ascensor, los artefactos del palier,
las alfombras y la pintura de las puertas del ascensor. Estábamos nerviosos y un poco
emocionados. Como pibes en noche de reyes.
La sonrisa siempre generosa del
Tano, su saludo estruendoso y sus brazos abiertos despejaron todas las dudas.
Nosotros, los de entonces, sí éramos los mismos. Empezamos a subir los
decibeles tanto en el sonido como en abrazos, intenciones y guarangadas. Tano
maricón, estás hecho un chancho, cállate, jetón, Tano, ¿a quién garcaste para
tener este bulo? A tu vieja, gil. Che, Tano, ¿es cierto que te estás morfando un
caramelito veinte años menor que vos? Si, le estoy entrando a tu nieta, nabo, Tano, ¿no que las
chinas la tienen atravesada?… Luis, los zapatos, por favor, no te olvides… Sonó
una voz dulce, clara y firme desde las profundidades del departamento. El
silencio lo invadió todo por un par de segundos, tiempo que el Tano –ya
descalzo- aprovechó para cerrar los ojos, arquear las cejas y señalar hacia
nuestros zapatos. Mientras él nos decía “Denle, che… los timbos” yo juro que la escuché
desde adentro murmurar “esa costumbre me la vas a tener que respetar”.
Entonces sumamos dos sorpresas mas; entramos descalzos y el
Tano nos condujo hacia un espacio en el que había unos almohadones dispuestos
en semicírculo. Ella apareció entonces con un kimono que acentuaba sus rasgos
definitivamente orientales. Mismos que había contagiado a la ornamentación del
departamento y a la comida que se sospechaba por los olores oriundos de la
cocina. Por lo menos, le habían puesto de nombre María Luz, y el apellido nadie
se atrevió a preguntarlo. ¿Para qué?
La noche avanzaba con unos
nosotros haciéndonos los educados bienpensantes, una María Luz que se adueñaba
de la orientación de la charla y un Tano que era otro distinto a nuestro Tano.
Pero tan diferente estaba, que más de una vez lo enganché a las señas con la
mujer, como pidiéndole algún permiso y al serle negado, terminaba -por ejemplo- bebiendo agua
mineral o yéndose a fumar al balcón. También los escuchó el Zurdito en un
momento (nos lo contaría tiempo después) que en la cocina ella le susurraba “respetame mi espacio, Luis. Respetame mi estilo de vida. Bastante
con que accedí a que vinieran y encima les cociné”
Más de una vez a lo largo
de la velada, me pregunté hasta qué punto se cumpliría el viejo axioma que dice
“Tira más un pollo al Wok que una yunta de bueyes”. No sabía cuánto (en
cantidad y en calidad), estaba dispuesto a ceder un tipo como el Tano para
convivir con esa mujer, que al final no estaba taaaan buena. Un mono que siempre
fue el más decidido de todos nosotros. El que siempre iba al frente, el que a veces se
echaba la culpa de las macanas que nos mandábamos los otros, un tipo con mucho aguante, que
dudaba poco y se bancaba la que viniera. “¿Con la gorda hay que bailar? Dejen.
Voy yo” decía cada vez que se veía venir una difícil Yo lo admiraba por eso.
Ese rocanrroll no era para cualquiera y el Tano lo ejercía con una soltura
envidiable.
De a poco, el influjo de
la “media ponja” fue creciendo, y mitad por solidaridad con el amigo y mitad
porque ella nos lo empezó a sugerir, todos fuimos saliendo a fumar al balcón. Y
bajando las voces. Y cambiando tema fútbol por turismo. Y ni hablar de alguna
mujer, eh. Castos amigos celebrando la monogamia y hasta el celibato. De las siete
botellas de vino que trajimos, cinco estaban con sus corchos puestos y la cena
había terminado poco más de una hora atrás.
La sensación de caída, de
cambio hacia abajo y de que esto se iría transformando en un estado permanente
nos fue ganando a todos. Sin ganas, como para hacer algo distinto, Gustavito
dijo “Bueh, me parece que este cuerpo se retira”, a lo que María Luz respondió
con amplia sonrisa y veloz disposición para traerle el saco. En ese momento,
todos entendimos el mensaje y lentamente empezamos a asentir como viejos
corderos y a pensar en la retirada. El Tano se puso de pie, solemne y grandote
como es. Nos miró a los ojos uno por uno sin decir palabra. Fue hasta la cocina
y volvió con dos botellas de vino y un sacacorchos. Destapó una, olió el pico y
empinó la botella para darse un trago generoso de la mágica poción. “Zurdo, abrite
la otra”, dijo mientras le tiraba el sacacorchos. La media ponja lo miraba sin entender. Comenzaba a ponerse
colorada y sus ojos elípticos adquirían la forma inequívoca de la moneda. El Tano
se sentó en el sillón con la botella en la mano. “¿Con la gorda hay que
bailar?” dijo y volvió a beber del pico. Miró a su mujer a los ojos y le dijo “¿Sabés
que tenés razón? Hay varias costumbres que debemos respetar”. Entrecerró los ojos, se ladeó hacia la
izquierda y dejó escapar un largo y estruendoso pedo que hizo temblar un par de
flores de Loto de la repisa.
Nosotros lo aplaudimos
descalzos.
14 Noviembre 2013