domingo, 2 de febrero de 2014

Medidas

            Cuando la pantalla del teléfono me mostró que del otro lado estaba el Nacho, algo dentro de mí supo que no sería para saludarme ni saber de mí después de tanto tiempo. Se venía alguna mala noticia que habría que apechugar o alguna cosa que resolver. Al mismo tiempo y por otros carriles, la memoria emotiva empezó a trabajar y me llevó hacia atrás. Tantos años, que hasta me costaba contarlos.

Eran ocho pasos baldosa los que separaban las habitaciones de la puerta del fondo. Cruzando esa puerta, girabas la cabeza a la izquierda un cachito y en esa dirección, otros veintitrés pasos césped hasta el galpón del fondo. Los tres primos conocíamos con precisión las coordenadas y las distancias, para poder escabullirnos de la mirada de los abuelos en las noches de verano. Nacho, el Liendre y yo habíamos decidido medirlo todo porque, unos más, otros menos, a los tres nos aterraba la idea de quedarnos ciegos. Ese era uno de los temas que ocupó nuestras primeras noches de escapadas. No había nada mejor que escondernos bajo la mesa grandota del galpón a hablar de esas maravillas que sólo los pibes suelen conversar. Y discutirlas hasta el absurdo mismo de una metafísica disparatada. 

La carrera hasta el galpón se hacía a oscuras y con ojos cerrados. El chiste era llegar lo más rápido posible y manotear el picaporte. Si lo lograbas, ganabas porque eras el primero en llegar. Caso contrario, la puerta ya estaba abierta. Ahí girabas a la derecha y tres pasos más adelante se encontraba la mesa con las dos morsas. Todas las noches cuando el reloj marcaba las doce, saltábamos de las camas y se nos desplegaba una imaginaria bandera a cuadros. Los tres corríamos como posesos en busca de redención y siempre –me refiero a siempre- alguno de los tres se llevaba por delante el azarero que la abuela había plantado –con evidente mal timo- muy cerca de la puerta del galpón, para que el alero de la entrada lo protegiera de las heladas. Siempre entrábamos riendo porque uno de los tres puteaba al pobre arbusto que se empeñaba en cruzarse en el camino y en no morirse, pese a los reiterados golpes que recibía.

Nunca les pregunté si hacían trampa. Yo iba con ojos cerrados contando los pasos y aguzando los sentidos a la caza de alguna ayuda externa. Creo que ellos también jugaban limpio. Sobre todo el Liendre que era el más chiquito y no conocía la maldad. “ni llegás a piojo, vos… Sos una liendre…” le había dicho su hermano Nacho y así bautizado quedó para el resto de su vida. Por la ventana del galpón, altísima desde donde nosotros nos sentábamos, se veía una luna borrosa pasar por detrás del molino. En las noches estivales de City Bell, las lunas eran otra cosa. Más gordas, contundentes y perennes; al igual que la mugre de los vidrios de las ventanas de un galpón. Subiendo al Liendre a mis hombros, sus rulos apenas llegaban a rozar el límite inferior de la ventana y esa era otra de las medidas que conocíamos.

Mi familia y la de ellos vivían en puntos bastante opuestos de la provincia, así que en el resto del año casi no nos veíamos, Salvo para los cumpleaños o algún acontecimiento, nuestro momento iba de diciembre hasta fines de febrero. Ahí compartíamos la vida y cargábamos las pilas para enfrentar el año escolar. Éramos felices. Muy felices, pero todavía no lo sabíamos. Recién pudimos comprenderlo después del quinto verano, que terminó siendo el último porque en el invierno, esa enfermedad de mierda se lo cargó al Liendre y las cosas cambiaron para siempre en nuestros veranos. Creo que nuestros padres nos anotaron en clubes al Nacho y a mí, para que no nos hiciera mal volver a un lugar en el que habíamos sido felices,  pero ahora sin la tercera pata de un triángulo chingado.

Las lunas siguieron eclipsando con el molino Los abuelos se fueron marchitando, Nacho y yo no volvimos a hablar de Titanes, de Miliki, del Liendre ni de El Santo. Tampoco volvimos a ir a la casa de City Bell en el verano. Veíamos a los abuelos una o dos veces por año y en las fiestas, hasta que el patriarca dijo basta y a la abuela la pusieron en el geriátrico. En ese tiempo a ella sí la vi más seguido. Un poco porque estaba en capital –yo ya trabajaba en la ciudad- y otro porque me enteré de todo lo que habían sufrido los abuelos cuando mi primo y yo dejamos de pasar los veranos en su casa. Ella me contó que por esos días, el Nachito la visitaba bastante seguido también.

La casa quedó abandonada. Primero le arrancaron el cerebro y los brazos cuando esa ambulancia se llevó el cuerpo cubierto del abuelo. Casi enseguida la dejaron sin alma y sin dulzura cuando trajeron a la abuela al geriátrico. Varios años antes, también le habían quitado la inocencia cuando lo del Liendre. Nosotros dos -el Nacho y yo- habremos sido también algún órgano vital de esa casa. Pero no se me ocurre cuál. Del resto, muebles, vidrios, morsas y otras cosas se ocuparon primero los ladrones y después el incendio.

- Se quemó – sonaba quebrada la voz de Nacho en el teléfono – Dicen que se quemó todo, que no quedó nada en pie
- ¿Qué pasó Nacho, de qué hablás? –pregunté sospechando la respuesta.
- Me avisaron que se prendió fuego la casa de City Bell. Hay que ir allá para hablar con la cana y esas cosas, viste, así que vamos a tener que ir nosotros.  

            Nos encontramos en un bar de Constitución y de ahí salimos en su auto. Pasaba del mediodía y llegamos veinte o veinticinco minutos después, usando una autopista que antes no existía. Hablamos poco durante el trayecto. Los dos teníamos una vida tan alejada de esa casa como de la infancia compartida. Además, sabíamos que a ese viaje le faltaba un pibe de rulos riéndose a lo loco en el asiento de atrás.

Cuando llegamos, pudimos comprobar a primera vista que no todo estaba en ruinas. La casa conservaba su potestad, erguida sobre sus cimientos tozudos, tiznadas las paredes de un negro profundo que no llegó a destruirlas. Como en un acto reflejo, los dos nos situamos en la puerta de la habitación y encaramos para el fondo con los ojos cerrados

- ¿Cuántos eran? ¿Cinco? – pregunté
- Ocho – corrigió Nacho – Aunque ahora sí son cinco.
- ¿Y afuera eran veintitrés?
- Si – dijo – pero si das veintitrés pasos te metés en esa selva y no salís más
           
La selva en cuestión era aquello en lo que se había transformado el azarero. La planta había crecido tanto que tapaba toda la entrada al galpón y la ventana de los vidrios de mugre y luna. Se había ladeado hacia el costado y estaba seca la parte que el excedía el alero. Sonreí pensando que al final, la abuela tenía razón. Miramos alrededor. Todo se nos había achicado con los años mientras que la planta abarrotada de puntos de azares nuevos se había agigantado y clamaba por vida en medio de tanta desidia.

            De lo material, ciertamente no quedaba nada. No había algo para rescatar, para vender, para conservar. El fuego se había llevado lo poco que pudo salvarse del abandono, pero no se había atrevido a andar los veintitrés pasos hasta el galponcito. Mi primo y yo nos miramos como antes, como cuando pibes y comprendimos para qué estábamos ahí. Entonces, sin más, pusimos en marcha un pacto tácito; pedimos unas palas y unas tijeras, nos arremangamos, nos sacamos los zapatos y empezamos la poda del azarero. Sacamos un gajo mediano para cada uno de nosotros dos. El tercero lo volvimos a plantar al lado de la puerta para que el alero lo proteja de la helada -como decía la abuela- y en un modestísimo homenaje de amor al Liendre.




19 Sep 2013